jueves, 24 de abril de 2014

La escuela olvidada

En El grito manso –libro póstumo de Paulo Freire–, se pueden leer estas palabras de Pablo Imen: “en nuestro tiempo el conocimiento es entendido como mercancía, la escuela como shopping del saber, los padres como clientes y los docentes como proletarios”. Pero no sólo Freire criticó la escuela a la que llamó “palabrera” o “verbalista”; también Ivan Illich en La sociedad desescolarizada aseveró que aquélla representa la institucionalización de los valores de la sociedad capitalista, legitima la polarización social, forma visiones distorsionadas del mundo, define lo que es legítimo de lo que no lo es y tiene, finalmente, un efecto antieducacional. Illich pensaba que las funciones latentes de la escuela (custodia, selección, adoctrinamiento y aprendizaje), echan por tierra el axioma de que no hay aprendizaje sin enseñanza. Sugería que todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela y lo hemos hecho además de la forma más natural en que tiene lugar el aprendizaje: el ejemplo.
 
En pleno siglo XXI la crítica a la escuela continúa en diversas partes del mundo. Eduardo Andere, en su más reciente libro: La escuela rota. Sistema y política en contra del aprendizaje en México, explica las causas de la fallida política educativa en nuestro país y advierte no sólo que “cargamos con una fuerte masa poblacional sin educación y sin habilidades propias para una época que exige más”, sino que aún traemos a cuestas los errores provocados por ignorancia y/o negligencia de nuestros gobernantes de los últimos dos siglos.
 
Rezago, desigualdad, masificación, educación básica centralizada y monopolizada, una enorme población de educación media superior y superior desatendida, grandes brechas entre escuelas (y no sólo entre públicas y privadas), desempeños estudiantiles deficientes en pruebas estandarizadas que miden pero no evalúan (PISA, ENLACE, etc.), políticas públicas desalentadoras, el desprestigio que enfrenta la docencia, la implantación desde el siglo XIX de una educación única y homogénea para todos los mexicanos, políticas educativas sin presupuesto o con uno que, dice Andere, “sigue al maestro y a la escuela pero no al niño”; todo esto refleja un sistema educativo deficiente. “Un sistema que perpetúa la pobreza, fomenta la segregación y beneficia a los grupos de interés. Y la escuela que debió haber sido el factor de ecualización e integración social se convirtió en un elemento de división. De allí el título de La escuela rota: rompió la sociedad en dos”.
 
Eduardo Andere nos invita a pensar que la solución de la crisis educativa “no viene con el reparto indiscriminado de computadoras y accesos a Internet”; tampoco con la entrega libros y materiales educativos; lo verdaderamente importante es el uso que se les da a estos recursos. Y es enfático cuando agrega: “colocar la tecnología por delante del maestro es como poner la carreta delante de los caballos”. El autor tiene la convicción de que el problema no está en cuánto se gasta sino en cómo. Así, lo que debería discutirse es la forma en que se asignan los recursos pero esto último, advierte, escapa del ámbito educativo.
 
La escuela rota hace una importante radiografía de la educación mexicana actual. Critica la reforma emprendida recientemente y advierte: “ni la educación ni el aprendizaje se pueden ordenan por decreto, ni siquiera constitucional”. En este libro el lector hallará un cuestionamiento fundado frente al frenesí de las competencias que tocaron los distintos tramos educativos, sus planes y programas de estudio. Encontrará elementos suficientes que evidencian una reforma curricular contradictoria que muestra cómo entre la educación básica y la media superior “no existe un puente teórico ni lógico en el lenguaje” de ambas. Otros aspectos abordados son la creación y reestructuración del INEE, la prolongación de estudios y su obligatoriedad, los concursos de plazas para maestros, la evaluación universal, los claroscuros de la prueba ENLACE, el papel de la SEP y el SNTE, las relaciones de poder, la miopía legislativa, la pobreza magisterial, la evaluación educativa y, en su suma, la trama que ha seguido una política educativa retórica que se conjuga con “la cultura del antiaprendizaje del mexicano que prefiere la pachanga en lugar del trabajo; el descanso en lugar del esfuerzo; la televisión en lugar de la lectura; el ruido en lugar del silencio; la fiesta en lugar del estudio”.
 
Andere precisa: “En esta reforma curricular el gobierno empezó al revés: reformó los currículos de los estudiantes sin reformar los de los maestros”. Y tiene razón. Aún falta una política integral de selección, ingreso, permanencia y promoción docente. Asimismo, el hogar y la escuela deben recomponerse. Esta última ha olvidado los sentimientos para convertirse en guardiana de un saber que piensa inmutable. Olvida a las personas y funciona a partir de un sistema de premios y castigos; se centra en las respuestas y omite la importancia de las preguntas. Olvida la imaginación y la curiosidad; olvida también que la motivación (y no los incentivos) aviva el deseo de  aprender. Por ello urge resignificarla e ir de la educación al aprendizaje. Sólo ello hará posible escapar de nuestra ignorancia funcional.
La escuela rota. Sistema y política en contra del aprendizaje en México.
Eduardo Andere M.
Siglo XXI Editores,
México, 2013.

miércoles, 2 de abril de 2014

La aborrecida escuela


Hoy resulta difícil encontrar a alguien que sostenga que la educación no es importante. La gran mayoría de las personas piensa que ésta no sólo contribuye a la formación individual de los seres humanos sino también a la conformación de las sociedades, la cohesión de los pueblos e, incluso, a la afirmación de la identidad nacional y al desarrollo, progreso y transformación al que están destinados los Estados “civilizados”. Pocos, históricamente, han sido los que han cuestionado el sistema educativo, sus fines e intenciones y, desde luego, los supuestos que en él prevalecen. Sin embargo, hoy son cada vez más quienes lo acusan de ser un sistema de exclusión que selecciona, discrimina y tristemente se olvida de las personas. Un sistema que disemina y reproduce simbólica y realmente los rasgos de una sociedad escindida, acrítica, fuertemente polarizada por ideas y creencias, escéptica en muchos casos y dogmática en otros; sociedad, en fin, profundamente contradictoria y compleja.

Actualmente se le critica al sistema educativo su marcada jerarquización y el desvinculo que existe entre éste y la vida. Y es que, al estar desvinculado de la realidad, al priorizar determinadas áreas del conocimiento y privilegiar ciertas capacidades, este sistema se encuentra mal planteado. Varios autores afirman que pese a las teorías pedagógicas en boga, en la escuela aún prevalece el aburrimiento y el hastío; las materias siguen siendo estáticas, las clases intensamente palabreras, los maestros se reducen a meros “transmisores” de un conocimiento que no producen; y los alumnos, movidos por un individualismo ciego, se dejan llevar por una educación orientada a la “competitividad”.

Paralelamente, vivimos tiempos que hacen evidente un hecho: es imposible saberlo todo. Hoy, el reto de la escuela es integrar el conocimiento que se ha parcializado y, lo que es más esencial, recuperar la importancia de lo sentimental y lo afectivo sin sacrificar la innovación, la creatividad y la imaginación que durante tanto tiempo resultaron sospechosas y hasta perseguidas. Para lograr lo anterior, la escuela deberá ser entonces más académica que administrativa. Es decir, deberá propiciar el diálogo, la discusión libre de las ideas y la reflexión fundada. Deberá alentar el trabajo tras, inter y multidisciplinario, la formación de colectivos docentes sólidos, el trabajo colegiado, la creación de redes académicas, entre otras muchas cosas.

Hoy estamos conscientes de que la escuela no es sinónimo de educación y que requerimos en estos tiempos de verdaderos educadores y no de simples enseñantes. Sabemos, gracias a la pedagogía y las ciencias de la educación, que el ser humano es un ser compelido a conocer, esto es, que propende al aprendizaje porque forma parte de su naturaleza pensar, preguntar, razonar, sentir, imaginar, soñar, curiosear, indagar, investigar… Reconocemos igualmente que son muchos los factores que intervienen para que la curiosidad y el deseo de aprender se pierdan, pero también asumimos que ahora es posible prescindir en alguna medida de la escuela. De hecho lo hemos empezado a hacer ya. Y es que la asimilación de una cultura, esto es, de una manera de ver el mundo, nunca ha tenido lugar exclusivamente en una institución educativa. Han sido la familia, la religión, los partidos políticos, los medios de comunicación, los que nos han contagiado (o no) de cierta humanidad, porque la educación es eso: humanización.

Hoy la escuela tiene el reto de hacer del aprendizaje algo menos fastidioso. Jaume Trilla (2002) ha propuesto una pedagogía de la felicidad frente a la aborrecida escuela, esa a la que se liga el hastío de las prácticas, la tristeza emanada de los viejos edificios, el mobiliario y las tareas escolares, la hostilidad del ambiente, el castigo, la disciplina excesiva, el aislamiento, el aprendizaje mecánico y lo absurdo de muchos de sus procedimientos. Frente a esa escuela (que algunos llaman pedagogía) tradicional, hoy los maestros se enfrentan a la enorme tarea de enseñar a discernir en tiempos en que se confunde el enciclopedismo con el saber profundo. Hoy, lo sabemos, parece no poder distinguirse entre lo trivial y lo medular, lo esencial y lo superfluo, la erudición y la sabiduría. Por ello el docente habrá de esforzarse por transformar aquella educación inútil y monótona, por modificarla para que pueda ésta echar luz ahora que el gran tirano del mundo es el placer.

Santiago Ramírez (1945-1997), ilustre profesor de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEMor) escribió al respecto:

Debemos transformar la educación. Debemos revertir ese proceso maligno, en donde el cuidado de todos los bienes terrenales se ha producido en el descuido de los bienes verdaderos de la belleza y la virtud. Debemos trastocar este mundo en que el alma se ha puesto al servicio del cuerpo, debemos aprender todos, a liberarnos de las mazmorras en que se ha querido confinar el espíritu. (2001:103)

Hoy entendemos mejor que ayer que el aprendizaje está ligado no sólo a lo racional sino a lo afectivo y volitivo. Tenemos la convicción de que si no se disfruta del aprendizaje no se aprende realmente y también estamos convencidos que aprender no es memorizar algo para luego repetirlo mecánicamente sino saber pensar, hacer y actuar de formas que antes no sabíamos. Comprendemos ahora que el aprendizaje es un proceso diverso, que está ligado a la madurez cognitiva del sujeto y que, al ser un proceso, es dinámico y cambiante, además de complejo. Esto, porque involucra habilidades básicas del pensamiento y también aptitudes, actitudes, destrezas, emociones, motivaciones, etc. Reconocemos igualmente que este proceso exige interés, afecto y calidez, pero que desde luego también precisa de la búsqueda y la exploración; de vivenciar, experimentar y descubrir el mundo por uno mismo. Asimismo, en el proceso de aprender hoy asumimos que el error, que en otro tiempo se vinculó al fracaso y la frustración (y contra el que se luchó tanto dentro del sistema escolar), hoy tiene una importancia y función epistemológica fundamental. Gracias a él se puede develar la realidad pues cada tropiezo hace posible la aparición de nuevas preguntas y éstas abren caminos al pensar.

Ahora resulta prioritario asumir que el proceso educativo consiste en tratar de despertar en los estudiantes la conciencia de la carencia porque, como nos enseñaron los griegos, si el hombre desea algo, lo desea justamente porque no lo posee. Pero para despertar esta conciencia, para avivar el deseo de saber, el profesor no ha forzar al estudiante sino propiciar las condiciones necesarias para favorecer el aprendizaje. En palabras de Reynaldo Suárez Díaz: “Una cosa es llevar el caballo al río y otra despertarle el deseo de beber” (1989:64).

Hoy sabemos que el aprendizaje no es lineal y que la escuela no debe empecinarse en verlo de esta forma. Que la preparación profesional del maestro es una prioridad y la actualización y capacitación permanentes del magisterio, una exigencia. Sabemos que la escuela, en su organización y funcionamiento, debe reformarse porque, como está hoy, aislada del mundo por sus cuatro paredes, obsesionada por la disciplina, la obediencia y docilidad, no puede contribuir a afrontar los problemas que los nuevos tiempos le plantean. Por ello, una escuela que contribuye al elitismo y la división de clases, que se empecina en formar una sociedad útil al sistema, maleduca.

La escuela debe ser una instancia que potencie la razón y contribuya a la formación no sólo de mejores personas sino de instituciones más eficientes. Esto nos lleva a una obviedad: toda educación está ligada a la ética y la política. Por ello resulta esencial que todos nos esmeremos por formar verdaderos ciudadanos y no sólo súbditos. Sin duda, el reto que tenemos enfrente es enorme.

Obras consultadas
Ramírez, Santiago. La pregunta por el ser. México: Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2001.
Suárez Díaz, Reynaldo. La educación. Su filosofía, su psicología, su método. México: Trillas, 1989.
Trilla, Jaume. La aborrecida escuela. Junto a una pedagogía de la felicidad y otras cosas. Barcelona: Laertes, 2002.

Educación a distancia: alternativa pedagógica


Quizá como nunca, hoy la Tecnología de la Información y la Comunicación (TIC) ha cobrado importancia fundamental en el quehacer educativo. De manera particular, las Instituciones de Educación Superior (IES) se han visto en la necesidad de emplearlas cada vez más para estar por una parte a la vanguardia de los avances científicos, tecnológicos, técnicos, administrativos y organizacionales; y por otra, porque han visto en ella un medio esencial para atender las demandas crecientes de espacios educativos que la sociedad hace. La Educación Abierta y a Distancia (EAD) representa una alternativa para afrontar los retos de formación personal y profesional, actualización y capacitación para el trabajo en aquellas personas que no tienen la posibilidad, por diversos factores, de acceder presencialmente a una institución educativa.

La EAD es una alternativa a la educación formal. Permite introducir, modificar, innovar y transformar no sólo la enseñanza sino el aprendizaje y la evaluación a partir del uso de la TIC e Internet. Al respecto, Rocío Martín-Laborda escribió, hace casi diez años, un artículo titulado Las nuevas tecnologías en la educación en donde precisa los cambios que ha sufrido el escenario educativo. Se ha modificado, dice, el objeto de la enseñanza y los objetivos educativos pero también lo han hecho los centros escolares y las formas pedagógicas. En otras palabras: se ha dado un cambio en lo que se enseña, en la manera como se enseña, en los sitios desde los cuales se enseña y en los propósitos mismos de enseñanza. De igual forma, debemos agregar que se ha transformado el aprendizaje gracias a la diversificación de métodos, técnicas, estrategias y recursos disponibles. El chat, los e-mails, los foros y las aulas virtuales, las video y audio conferencias, los sitios webs y los blogs, Facebook y YouTube, el acceso a e-books y bibliotecas virtuales, entre otras muchas cosas, constituyen ahora recursos importantes que posibilitan la enseñanza y el aprendizaje, al tiempo que apuestan por la flexibilidad, característica fundamental de esta modalidad educativa.

Educación a distancia. Teoría y práctica, es el título del libro más reciente de Tania Morales Reynoso. En él subraya que la EAD puede superar la mera transmisión de conocimientos y la simple resolución de problemas si no pasa por alto que el conocimiento es una construcción activa, individual y social, que parte de los saberes previos de los estudiantes para alcanzar aprendizajes significativos. A través de la EAD se pueden atender las diferencias y mitigar las inequidades, combatir el rezago educativo de los adultos, asegurar los procesos de formación profesional y capacitación pero, sobre todo, brindar una educación que puede ser de calidad si responde a las necesidades e intereses de los estudiantes; si atiende sus estilos, ritmos y propósitos de aprendizaje; y, además, si cuenta con contenidos relevantes y pertinentes, esto es, si lo que se aprende tiene un vínculo con la realidad y resulta socialmente útil.

Las modalidades a distancia, nos deja ver Tania Morales, están teniendo gran impacto social pues amplían el alcance de nuestro sistema educativo, particularmente en la educación media superior y superior. Así, gracias a ellas ha sido posible incorporar a personas que han quedado fuera de la educación por factores como la masificación de las universidades, el trabajo, la distancia geográfica, el tiempo, etc.

Distintas universidades han empezado desde hace algunos años a incursionar en el diseño y la oferta de programas educativos a distancia, pues reconocieron en ésta una importancia estratégica. Se han dado cuenta que a través de la EAD no sólo se fomenta el uso de la tecnología como apoyo al proceso educativo sino que es posible conformar un currículum y materiales de enseñanza y aprendizaje centrados en los productos, los procesos y la construcción colectiva de saberes.

En la EAD el educador es enseñante, asesor y tutor, también gestor del conocimiento, mediador, generador de hábitos y facilitador de los procesos de aprendizaje, individuales y grupales. Por su parte, los estudiantes han de asumir un papel activo, desarrollar su propia capacidad de aprender y un espíritu crítico para hacer uso de materiales educativos (dispuestos en una plataforma tecnológica: sitio web, blog, etc.) que se hallan integrados por programas de las asignaturas, antologías, textos digitalizados, guías de lectura, links a páginas web relacionas con la temática, biografías de autores, glosarios, videos, películas, documentales, ejemplos, experiencias, mapas, organizadores de la información, formas de representación del conocimiento, foros de discusión, etc.

Sin duda, las IES deberán explotar al máximo las ventajas que la EAD tiene frente a la educación tradicional; educación reducida al aula, centrada en la exposición, el conocimiento y el maestro. Una educación que hoy sabemos obsoleta.  

 
Fuente:
Educación a distancia. Teoría y práctica. Guía para el desarrollo curricular.
Tania Morales Reynoso.
Universidad Autónoma del Estado de México,
México, 2012.

Educar hoy


¿Qué es la educación? ¿Para qué sirve? ¿Encierra ésta una idea de lo que es el hombre? ¿De lo que debe ser? ¿Hay un vínculo entre pedagogía y antropología? ¿Entre pedagogía y ética? De ser así, ¿qué relación existe entre libertad y educación? ¿Cómo incide la segunda en la primera? ¿Qué papel juega la pedagogía en el contexto actual? ¿Y la psicología? ¿Tiene algo que decir hoy respecto al aprendizaje y la enseñanza? ¿Es válido aún hablar de una concepción psicopedagógica de la educación? ¿Cuál es la función del educador? ¿Cuál la del educando? ¿Qué tipo de relación debe haber entre ambos para favorecer la construcción del conocimiento? ¿Realmente es posible incidir en ésta? Las funciones y relaciones de docentes y alumnos, ¿cambian según los presupuestos teóricos desde los que se miran? ¿Se repelen las teorías educativas? ¿Pueden coexistir y complementarse? ¿Qué teoría de la educación priva hoy en México? ¿Qué tipo de sujeto se pretende formar? ¿Con cuáles conocimientos, habilidades y valores? ¿Qué perfil de ciudadano orienta nuestra educación? ¿Para qué tipo de sociedad? ¿Para qué mundo?

Estas y otras preguntas emergen al revisar el libro Teorías psicológicas de la educación, de Javier Serrano y Pedro Troche, publicado originalmente en el año 2000 por la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) y reimpreso este año en su tercera edición. Con él, los autores buscan, por una parte, atender el curso de la asignatura curricular que lleva el mismo nombre y se imparte en la licenciatura en psicología en la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMéx., y por otra, subrayar la estrecha relación que hay entre educación, psicología y pedagogía.

Al inicio nos presentan los objetivos de aprendizaje de la asignatura, las sugerencias y estructura del curso, luego refieren que la educación ha sido, es y seguirá siendo un factor fundamental para el desarrollo del hombre y de la sociedad. Recurren a la antropología filosófica para retomar la idea del ser humano como ser inacabado. Y es que la educación ha sido vista como un proceso que atiende la necesidad humana de plenitud. El ser humano          –desde la concepción misma de los griegos y hasta nuestros días–, no es propiamente sino que está siendo. La educabilidad humana es este esfuerzo de los seres humanos por alcanzar plenitud; está enraizada en nuestra falibilidad y en la apertura a nuevos saberes. Alude la plasticidad individual y nuestra proclividad a crecer como personas. A través de la educación el ser humano supera su inmadurez, su condición de desamparo y su invalidez originaria.

Los autores recurren a Kant, Ardoino y Berzinka para decir que “la educación es un proyecto social e individual deliberado y consciente, que pretende obtener transformaciones en el comportamiento humano con resultados exitosos y de acuerdo con la visión de esa sociedad, sus circunstancias, capacidades, todo ello enmarcado dentro de los ámbitos de la cultura”.  Desde su perspectiva, la educación es un instrumento no sólo de formación sino de transformación individual y colectiva; “instrumento de la libertad, que satisface necesidades vitales del hombre y la sociedad”. La educación, dicen, entendida como acto, proceso o producto, entraña una dimensión que no sólo es antropológica sino social y política. La educación transforma la personalidad, sí, pero lo hace en aras de un conjunto de fines u objetivos que la orientan y transcienden lo pedagógico.

La educación es proceso de formación, con-formación y trans-formación del hombre y la sociedad; reposa en una serie de fundamentos psicopedagógicos que consideran, en la naturaleza humana, una concepción psicológica y otra pedagógica que no se excluyen sino que coexisten y se complementan. La primera habla de nosotros, de lo que somos; la segunda se refiere a los procesos de aprendizaje y enseñanza y, desde luego, a las teorías que se desprenden de dichos procesos. Las primeras, enfatizan, son descriptivas y explicativas porque nos dicen qué es el aprendizaje y cómo tiene lugar. Las segundas son prescriptivas en tanto permiten guiar y, en su caso, reorientar la práctica que realiza el docente para propiciar la enseñanza.

Javier Serrano y Pedro Troche subrayan un hecho que, por obvio, hoy se pasa por alto: la enseñanza y el aprendizaje no son factores independientes; existe entre ellos una interacción indispensable e indisoluble. Así, en esta obran pasan revista a la posición neoconductista de Skinner, a la epistemología genética de Piaget, el aprendizaje significativo de Ausubel, la zona de desarrollo potencial de Vigotsky, la educación centrada en la persona de Rogers y el método psicosocial de Paulo Freire. Esta revisión permitirá al lector advertir que la educación cambia desde la perspectiva teórica desde la cual se mira y, en consecuencia, son distintas también las ideas que se tienen de educador, educando, enseñanza, aprendizaje y evaluación.

 
Fuente:

Teorías psicológicas de la educación.
Javier M. Serrano García y Pedro Troche Hernández.
Universidad Autónoma del Estado de México,
México, 2013.