miércoles, 2 de abril de 2014

Educar hoy


¿Qué es la educación? ¿Para qué sirve? ¿Encierra ésta una idea de lo que es el hombre? ¿De lo que debe ser? ¿Hay un vínculo entre pedagogía y antropología? ¿Entre pedagogía y ética? De ser así, ¿qué relación existe entre libertad y educación? ¿Cómo incide la segunda en la primera? ¿Qué papel juega la pedagogía en el contexto actual? ¿Y la psicología? ¿Tiene algo que decir hoy respecto al aprendizaje y la enseñanza? ¿Es válido aún hablar de una concepción psicopedagógica de la educación? ¿Cuál es la función del educador? ¿Cuál la del educando? ¿Qué tipo de relación debe haber entre ambos para favorecer la construcción del conocimiento? ¿Realmente es posible incidir en ésta? Las funciones y relaciones de docentes y alumnos, ¿cambian según los presupuestos teóricos desde los que se miran? ¿Se repelen las teorías educativas? ¿Pueden coexistir y complementarse? ¿Qué teoría de la educación priva hoy en México? ¿Qué tipo de sujeto se pretende formar? ¿Con cuáles conocimientos, habilidades y valores? ¿Qué perfil de ciudadano orienta nuestra educación? ¿Para qué tipo de sociedad? ¿Para qué mundo?

Estas y otras preguntas emergen al revisar el libro Teorías psicológicas de la educación, de Javier Serrano y Pedro Troche, publicado originalmente en el año 2000 por la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) y reimpreso este año en su tercera edición. Con él, los autores buscan, por una parte, atender el curso de la asignatura curricular que lleva el mismo nombre y se imparte en la licenciatura en psicología en la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMéx., y por otra, subrayar la estrecha relación que hay entre educación, psicología y pedagogía.

Al inicio nos presentan los objetivos de aprendizaje de la asignatura, las sugerencias y estructura del curso, luego refieren que la educación ha sido, es y seguirá siendo un factor fundamental para el desarrollo del hombre y de la sociedad. Recurren a la antropología filosófica para retomar la idea del ser humano como ser inacabado. Y es que la educación ha sido vista como un proceso que atiende la necesidad humana de plenitud. El ser humano          –desde la concepción misma de los griegos y hasta nuestros días–, no es propiamente sino que está siendo. La educabilidad humana es este esfuerzo de los seres humanos por alcanzar plenitud; está enraizada en nuestra falibilidad y en la apertura a nuevos saberes. Alude la plasticidad individual y nuestra proclividad a crecer como personas. A través de la educación el ser humano supera su inmadurez, su condición de desamparo y su invalidez originaria.

Los autores recurren a Kant, Ardoino y Berzinka para decir que “la educación es un proyecto social e individual deliberado y consciente, que pretende obtener transformaciones en el comportamiento humano con resultados exitosos y de acuerdo con la visión de esa sociedad, sus circunstancias, capacidades, todo ello enmarcado dentro de los ámbitos de la cultura”.  Desde su perspectiva, la educación es un instrumento no sólo de formación sino de transformación individual y colectiva; “instrumento de la libertad, que satisface necesidades vitales del hombre y la sociedad”. La educación, dicen, entendida como acto, proceso o producto, entraña una dimensión que no sólo es antropológica sino social y política. La educación transforma la personalidad, sí, pero lo hace en aras de un conjunto de fines u objetivos que la orientan y transcienden lo pedagógico.

La educación es proceso de formación, con-formación y trans-formación del hombre y la sociedad; reposa en una serie de fundamentos psicopedagógicos que consideran, en la naturaleza humana, una concepción psicológica y otra pedagógica que no se excluyen sino que coexisten y se complementan. La primera habla de nosotros, de lo que somos; la segunda se refiere a los procesos de aprendizaje y enseñanza y, desde luego, a las teorías que se desprenden de dichos procesos. Las primeras, enfatizan, son descriptivas y explicativas porque nos dicen qué es el aprendizaje y cómo tiene lugar. Las segundas son prescriptivas en tanto permiten guiar y, en su caso, reorientar la práctica que realiza el docente para propiciar la enseñanza.

Javier Serrano y Pedro Troche subrayan un hecho que, por obvio, hoy se pasa por alto: la enseñanza y el aprendizaje no son factores independientes; existe entre ellos una interacción indispensable e indisoluble. Así, en esta obran pasan revista a la posición neoconductista de Skinner, a la epistemología genética de Piaget, el aprendizaje significativo de Ausubel, la zona de desarrollo potencial de Vigotsky, la educación centrada en la persona de Rogers y el método psicosocial de Paulo Freire. Esta revisión permitirá al lector advertir que la educación cambia desde la perspectiva teórica desde la cual se mira y, en consecuencia, son distintas también las ideas que se tienen de educador, educando, enseñanza, aprendizaje y evaluación.

 
Fuente:

Teorías psicológicas de la educación.
Javier M. Serrano García y Pedro Troche Hernández.
Universidad Autónoma del Estado de México,
México, 2013.

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