En El grito manso –libro póstumo de Paulo Freire–, se pueden leer estas
palabras de Pablo Imen: “en nuestro tiempo el conocimiento es entendido como
mercancía, la escuela como shopping
del saber, los padres como clientes y los docentes como proletarios”. Pero no
sólo Freire criticó la escuela a la que llamó “palabrera” o “verbalista”;
también Ivan Illich en La sociedad desescolarizada aseveró que
aquélla representa la institucionalización de los valores de la sociedad
capitalista, legitima la polarización social, forma visiones distorsionadas del
mundo, define lo que es legítimo de lo que no lo es y tiene, finalmente, un
efecto antieducacional. Illich
pensaba que las funciones latentes de la escuela (custodia, selección,
adoctrinamiento y aprendizaje), echan por tierra el axioma de que no hay aprendizaje sin enseñanza. Sugería
que todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela
y lo hemos hecho además de la forma más natural en que tiene lugar el
aprendizaje: el ejemplo.
En pleno siglo XXI la crítica
a la escuela continúa en diversas partes del mundo. Eduardo Andere, en su más
reciente libro: La escuela rota. Sistema
y política en contra del aprendizaje en México, explica las causas de la
fallida política educativa en nuestro país y advierte no sólo que “cargamos con
una fuerte masa poblacional sin educación y sin habilidades propias para una
época que exige más”, sino que aún traemos a cuestas los errores provocados por
ignorancia y/o negligencia de nuestros gobernantes de los últimos dos siglos.
Rezago, desigualdad,
masificación, educación básica centralizada y monopolizada, una enorme
población de educación media superior y superior desatendida, grandes brechas
entre escuelas (y no sólo entre públicas y privadas), desempeños estudiantiles deficientes
en pruebas estandarizadas que miden pero no evalúan (PISA, ENLACE, etc.),
políticas públicas desalentadoras, el desprestigio que enfrenta la docencia, la
implantación desde el siglo XIX de una educación única y homogénea para todos
los mexicanos, políticas educativas sin presupuesto o con uno que, dice Andere,
“sigue al maestro y a la escuela pero no al niño”; todo esto refleja un sistema
educativo deficiente. “Un sistema que perpetúa la pobreza, fomenta la
segregación y beneficia a los grupos de interés. Y la escuela que debió haber
sido el factor de ecualización e integración social se convirtió en un elemento
de división. De allí el título de La
escuela rota: rompió la sociedad en dos”.
Eduardo Andere nos invita a
pensar que la solución de la crisis educativa “no viene con el reparto
indiscriminado de computadoras y accesos a Internet”; tampoco con la entrega
libros y materiales educativos; lo verdaderamente importante es el uso que se les da a estos recursos. Y
es enfático cuando agrega: “colocar la tecnología por delante del maestro es
como poner la carreta delante de los caballos”. El autor tiene la convicción de
que el problema no está en cuánto se
gasta sino en cómo. Así, lo que
debería discutirse es la forma en que se asignan los recursos pero esto último,
advierte, escapa del ámbito educativo.
La
escuela rota hace una importante radiografía de la
educación mexicana actual. Critica la reforma emprendida recientemente y advierte:
“ni la educación ni el aprendizaje se pueden ordenan por decreto, ni siquiera
constitucional”. En este libro el lector hallará un cuestionamiento fundado frente
al frenesí de las competencias que tocaron los distintos tramos educativos, sus
planes y programas de estudio. Encontrará elementos suficientes que evidencian
una reforma curricular contradictoria que muestra cómo entre la educación
básica y la media superior “no existe un puente teórico ni lógico en el
lenguaje” de ambas. Otros aspectos abordados son la creación y reestructuración
del INEE, la prolongación de estudios y su obligatoriedad, los concursos de
plazas para maestros, la evaluación universal, los claroscuros de la prueba
ENLACE, el papel de la SEP y el SNTE, las relaciones de poder, la miopía
legislativa, la pobreza magisterial, la evaluación educativa y, en su suma, la
trama que ha seguido una política educativa retórica que se conjuga con “la
cultura del antiaprendizaje del mexicano que prefiere la pachanga en lugar del
trabajo; el descanso en lugar del esfuerzo; la televisión en lugar de la
lectura; el ruido en lugar del silencio; la fiesta en lugar del estudio”.
Andere precisa: “En esta
reforma curricular el gobierno empezó al revés: reformó los currículos de los
estudiantes sin reformar los de los maestros”. Y tiene razón. Aún falta una
política integral de selección, ingreso, permanencia y promoción docente. Asimismo,
el hogar y la escuela deben recomponerse. Esta última ha olvidado los
sentimientos para convertirse en guardiana de un saber que piensa inmutable. Olvida
a las personas y funciona a partir de un sistema de premios y castigos; se
centra en las respuestas y omite la importancia de las preguntas. Olvida la
imaginación y la curiosidad; olvida también que la motivación (y no los
incentivos) aviva el deseo de aprender.
Por ello urge resignificarla e ir de la educación al aprendizaje. Sólo ello
hará posible escapar de nuestra ignorancia funcional.
La escuela rota. Sistema y
política en contra del aprendizaje en México.
Eduardo
Andere M.Siglo XXI Editores,
México, 2013.
No hay comentarios:
Publicar un comentario